Yaku Raymi, la Fiesta del Agua

LA CONEXIÓN MÍSTICA. En cada rincón de Casta el pueblo ruge, canta hualinas y baila en círculo en medio del éxtasis. Alrededor de banderas arcoíris las mujeres gritan con euforia y celebran la poesía de sus versos, que viajan con el viento y se expanden a lo largo de las calles. Fueron ocho días irrepetibles para agradecerle al espíritu del agua. Una limpieza profunda de auspiciosa prosperidad.

Por la carretera blanca

I

“Los pobladores de San Pedro de Casta esperan con ansias la llegada de Octubre para festejar con todo la más sagrada de sus alabanzas”.

Es la mañana del miércoles 10 y acabo de bajarme inexplicablemente del bus rumbo a Chosica. Me pareció haber pasado el famoso Parque Echenique, lugar clave desde el cual sólo hay que caminar algunas cuadras para llegar a la salida de los carros hacia San Pedro. Sin embargo, camino confundido entre calles calurosas y luego de preguntar a los lugareños reconozco que me había perdido por los laberintos de Chaclacayo. Al cabo de un rato vuelvo a la carretera y subo a un bus para corregir mi torpeza.

Cuando mi tía Carola me contaba sobre las investigaciones antroposóficas que su esposo Daniel realizó entre Casta y Marcahuasi, no sospeché que años más tarde me vería seriamente atraído hacia estos lugares. Gracias a ella me acerqué a la obra de uno de los peruanos más ilustres del siglo 20, el legendario Daniel Ruzo, estudioso caballero de culturas antiguas y montañas sagradas. Su libro “Marcahuasi, la historia fantástica de un descubrimiento”, iluminó mi camino en varios sentidos y, probablemente, afectó la manera de concebir la vida de muchos otros caminantes del cielo, pues en esas páginas revela el lado más profundo de la simbología que guardan esos gigantes monumentos de piedra desde las alturas de la famosa meseta; sin duda, uno de los lugares más sagrados de la humanidad.

En las alturas de Marcahuasi.
En las alturas de Marcahuasi. Foto: Jorge Luis Almonacid

Su obra se expandió por el mundo y fue mucho más reconocida en México y Europa que en su propio país. En sus relatos Daniel nos acerca a una visión mística, científica y espiritual, acerca de nuestro misterioso pasado como humanidad y el origen de la historia que nos une a los monumentos. Gracias a Carola, amiga insondable y maga de la tierra, me acerqué a la familia de Manuel Olivares, viejo compañero de ella y Daniel en sus grandes aventuras y expediciones por los caminos de la montaña. De ese modo es como llegué a interesarme por la celebrada “Fiesta del Agua”, una festividad costumbrista que revela y conmemora la naturaleza sentimental de un pueblo genuino conectado con la Tierra, rodeado de lagunas y montañas.

II

Una familia desconocida – en un amable gesto de humanidad – me abre las puertas de su auto y me invita a pasar para esperar juntos la llegada de la minivan que nos llevará a la fiesta. Al rato aparece un mochilero guía de turismo caminando hacia nosotros junto a su pasajero inglés Richard, con quien rápidamente nos hicimos amigos. Minutos después subimos con entusiasmo viajero a la camioneta que venía por nosotros y, antes de arrancar, una señora aparece veloz y trepa a la van. A los pocos segundos nos miramos sintiéndonos algo familiares y me hace un par de preguntas, reconoce mi voz y me dice: soy Yolanda Olivares. Sonreímos a la vez, sorprendidos por la sincronía del encuentro, y me comienza a contar interesantes detalles de lo que arriba nos aguarda.

Poniéndome al día me dice que ayer martes los comuneros desde muy temprano se reunieron para continuar con la limpieza de la acequia y el camino del pueblo a la montaña. Que la gente celebra pichchando hojas de coca, brindan con chicha de jora y cantan hualinas. “Hoy se liberan las acequias para que el agua limpia fluya por los canales. Además, en unas horas será la carrera de caballos”, añadía, mientras en mi viaje imaginaba que recién llegaríamos para las celebraciones de la tarde y ver la puesta de sol desde el mirador de San Pedro. Y así sucedió: las palabras de Yolanda, casi proféticas, se habían convertido en realidad.

Llegamos y la gente, congregada desde los alrededores de la plaza, encendía cohetes con vehemencia y celebraban jubilosos las últimas postales de la tarde. El pueblo bebía y bailaba al compás de las famosas hualinas, cantos ceremoniales que cada año se reinventan para alabar al agua. Las mujeres tocan pequeños tambores y algunos hombres disfrazados bailan y se dan con látigo entre la gente. El cielo se ha vuelto de colores increíbles y aprovecho en caminar hacia el mirador para recibir la luz del cielo y conectar con la magia de su paisaje.

Atardecer en San Pedro de Casta.
Atardecer en San Pedro de Casta

Es de noche y afuera la gente se quedará otra vez de largo bebiendo y brindando hasta impregnar de alcohol los últimos riachuelos de su sangre. Por las noches degenera bastante la real intención de la fiesta, y se hace sentir el peso del refrán: pueblo chico, infierno grande. Quizá ese sea el lado más oscuro de este lugar, que como todos debe luchar por armonizarse con las huellas de su sombra y aceptar su dualidad.

Cada día vuelve a salir el sol en Casta y a la mañana siguiente la sensación es totalmente distinta. El pueblo otra vez se ilumina gracias a la presencia de la naturaleza. Con esa rítmica, a través de esta fiesta cultural y sanadora, se elevan plegarias al cielo para que la lluvia sea próspera durante el año y sus cosechas florezcan en abundancia. A partir de este ritual las personas creen firmemente que sus cultivos estarán libres de peligro en adelante, pero el primordial sentimiento proviene de la gratitud, ese es el eje fundamental de sus vidas. La experiencia les ayudó a darse cuenta de que todo se lo deben a la sagrada presencia del agua, pues su espíritu es la que teje la vida desde el silencio de las montañas; en definitiva, la raíz vital de nuestra existencia.

Visiones del atardecer

I

“Un buen casteño tiene que saber cantar hualina, el que no canta hualina no es casteño. Nosotros caminamos por la chacra o por el cerro y de la nada nos salen los versos, así es cuando uno para solo en el campo, así aparece tu inspiración a la hualina. Ese es el casteño, por eso la hualina es lo mejor para nosotros”, confiesa Don Abilio, el segundo de los hermanos Olivares y mi guía personal en esta aventura.

Abilio y el paisaje
Abilio y el paisaje

A lo largo de la fiesta los niños ya cantan sus versos, desde muy pequeños ya están bailando su hualina. Así, hasta ancianos cantan y bailan a manera de vivencia. No es una tradición cualquiera, es una fiesta que simboliza el culto a la vida que nace de las montañas, nutre los campos y alimenta el espíritu de su pueblo. Desde hace miles de años atrás el hombre antiguo comulga con la naturaleza, y reconoció el aspecto sagrado de estos lugares. Desde entonces el hombre sabio comenzó a respetar y venerar a los Apus con verdadera rendición.

“La Champería (o Yacu Raymi) es una costumbre que se hace acá en nuestro pueblo. Son 8 días de fiesta, se empieza el domingo en la noche en que se limpia el pueblo a través de una curación espiritual”, cuenta Doña Dinamarca, esposa de Abilio. Las autoridades componen un grupo de 10 personas y junto a un curandero caminan en ceremonia secreta hasta un sitio llamado Ocule, donde reside el espíritu de la acequia. “Ahí chacchamos, invitamos la coca, el cigarro y el licor al cerro, después de eso se le invita al cuy y ese es el pago que se le da al cerro para que no haya sequía ni desgracias. Se cura el pueblo para que en la fiesta todo vaya bien”, aclara Dinamarca con dulce voz de abuelita.

II

Champería
La Champería

Desde la mañana del lunes los comuneros, funcionarios y alguaciles se reúnen en la plazuela de Kuway, ubicada a la entrada del hotel municipal. Todos llevan un Walki colgado al cuello (una bolsa pequeña tejida con lana de colores), ahí dentro guardan hojas de coca, cigarros y un Ishku o Puru, donde se guarda la cal que le da un sabor y efecto especial a las hojas de coca. Antes de bailar en la fiesta hacen la chaccha y la comparten. “Esa es una costumbre que se hace en la limpieza de la acequia para que el sembrío por ese lado se mantenga limpio. De ese modo cuando nos toque la siembre de la papa el agua corre mejor y a nadie les falta ni se desperdicia. Se llega hasta cierto tramo y al día siguiente se continúa”, subraya nuestro amigo Abilio.

Luego salen a limpiar y a reparar las acequias, recogen la maleza y purifican sus sistemas de irrigación con sus cantos. Mientras tanto, los funcionarios se encargan de supervisar el trabajo señalando las imperfecciones y los ancianos del pueblo limpian los caminos. El almuerzo entre los funcionarios se realiza en la zona de Lako, y en Chuswa se reúnen todos a revisar las labores del día. Finalmente los comuneros retornan al pueblo con hojas de coca en la boca y beben chicha de jora al compás de sus hualinas.

Cada día sus canciones cambian y el ritmo de sus cantos se alimenta. El martes la fiesta se expande un poco más arriba camino al cerro, hasta la toma de Carhuayuma. Los alguaciles vuelven cantando después de limpiar la acequia y las mujeres, especialistas en el arte de las manualidades, presentan hermosos manteles de colores con originales decorados. Tras la limpieza de la mañana los pobladores se sientan entre las pampas y nombran a un teniente representante del pueblo, antes de volver a bajar y entregar sus versos al cielo.

 

Una Crónica de Luis Federico Cisneros S.

(Continuará. . .  .)

 

 

 

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